“Somos como elefantes”, dijo Rafaela. Mujer, madre, trabajadora doméstica. Y nicaragüense. En Costa Rica. Ella ya lleva su rato en el país, un par de años. Sus dos hijos van a la escuela pública, pero cuando le preguntamos si ella recibe atención médica de la Caja, nos dijo que le ha costado. Que le han negado la atención médica. Otras personas migrantes nos dijeron lo mismo. Nos contaron historias de discriminación, de menosprecio. Sarah, mujer nicaragüense que vive en Alajuelita, nos dijo cuando le preguntamos si ha experimentado alguna situación en la que se sentía discriminada:

 

"En todo: la cédula nicaragüense y ya la empiezan a tratar mal a uno. Donde quiera que usted vaya y le toque enseñar la cédula… uno se topa con personas que ya le empiezan a hacer caras" (Sarah, grupo focal, Alajuelita, 26 de enero, 2014).  

 

Lo que destaca en las historias de todas las personas con las que hablamos, y no eran pocas*, es que el acceso a la salud pública (y los servicios en general) para nicaragüenses es todo menos sencillo: entre 3 y 4 de cada 10 inmigrantes nicaragüenses se queda sin la cobertura de la Caja. Hay múltiples razones que explican esta situación: la mayor informalidad de los sectores laborales donde se tienden a insertar (agricultura, construcción, comercio, trabajo doméstico), los altos costos relacionados al proceso de regularización, diferencias en los efectos de los criterios de elegibilidad en el propio seguro para nacionales y extranjeros, la burocracia del estado, discriminación y más.  

 

Sean las que sean las razones, el contraste con la opinión pública en Costa Rica es enorme. Los gritos “Fuera nicas” que han llegado a sacudir el país “pacífico” y “verde” en ese istmo centroamericano tan bonito, pero tan conflictivo, dan voz a un descontento general. Tres de cada cuatro costarricenses creen que los “nicas” son un problema para el sistema nacional de salud pública. Que vienen acá para aprovecharse de los “excepcionales” servicios sociales del país. Que vienen para parir carajillos en los miles. Que saquean a las escuelas públicas. Que se llevan las medicinas de la Caja a Nicaragua. Que vienen acá, a nuestra querida pequeña gran Costa Rica, por todo eso.

 

Las voces de chovinismo de bienestar, que han llegado a las más altas esferas de la política nacional, llaman por la creación de fronteras alrededor de los recursos de bienestar que ofrece el estado costarricense a través de la provisión de servicios sociales. En palabras simples: la Caja es solo para “nosotros” ticos, la educación debe ser “nuestra” y ningún beneficio debería ir al “otro”, el migrante.  Rige la percepción de que, como lo dijo un empleado de ventanilla de la Dirección General de Migración y Extranjería, “recibir gran cantidad de estos inmigrantes es malo para el país”.

 

Parásitos.

 

Pero en realidad son pocas las mujeres que cruzan la frontera porque están embarazadas, y casi nadie toma en cuenta que Costa Rica tiene un sistema de fuertes servicios de protección social (en general, parece que sienten que no tienen mucho derecho a atención del estado tico). Sabemos, ya desde hace rato, que la incidencia de migrantes en los servicios sociales es proporcional (o menor) a su peso en la población. Que vienen acá a trabajar, y que, en términos relativos, aportan más a la Caja que los ticos. Sabemos que el valor del trabajo que hacen las personas migrantes representa casi el 12% del PIB. Repitamos: ¡el doce por ciento del Producto Interno Bruto! Sabemos que no es solo a Dios al que hay que agradecer por el delicioso desayuno tico. ¡También a un migrante!

Ignacio tenía razón de enojarse cuando le preguntamos si él tomó en cuenta que en Costa Rica existe la Caja cuando migró sin su familia:

 

"Mira, muchachos, uno cuando está en Nicaragua, uno no piensa eso. ¿Cómo yo voy a… analizar a dónde voy a ir si no tengo ni para los pases? ¿Primero voy a pensar si la seguridad en Costa Rica está mejor o si el seguro social en Costa Rica es mejor que Nicaragua? Uno no piensa eso… uno piensa así: no tengo trabajo, no como" (Ignacio, grupo focal, San Sebastián, 7 de agosto, 2014).

 

E irónicamente, ante la dificultad de conseguir protección estatal en Nicaragua, ¡porque hay poca!, y en Costa Rica, ¡porque no es nada fácil!: es el mercado que resuelve. No mucho. Pero algo sí. Mucha de la plata que mandan las personas migrantes a sus familiares en Nicaragua con Western Union se usa para los gastos de la casa, para comprar arroz, para comprar medicinas. Incluso mandan de Nicaragua a Costa Rica, las medicinas a las que no acceden sus familiares migrantes. Así se transnacionaliza la protección, el cuido. La solidaridad. A ambos lados de la frontera.

 

Corina encarna esto. Ella, una señora de más de 70 años, cuida a sus nietos y nietas, mientras sus mamás, cuatro de sus cinco hijas, viven y trabajan en Costa Rica desde hacía mucho tiempo. Ella los criaba, mientras sus madres enviaban el dinero para su manutención. Mientras las madres migrantes en Costa Rica preparan el desayuno para las familias ticas donde trabajan como “muchachas” – desayuno que fue posible gracias a los padres y las madres migrantes que recogen el café y los huevos, cosechan el banano, el arroz, los frijoles, la yuca, el azúcar…–  Corina se encarga de que los hijos de esta generación migrante tengan su porción durante las humildes comidas. Se asegura de que aquellos que van al colegio o escuela estén siempre listos a tiempo. Y eso es “solo” la logística. Tan importante, que sería en sí imposible sin el amor que la sustenta. ¿Cuál es el valor del papel emocional que ella juega como figura maternal para una generación de jóvenes que crecen sin sus propios papás y mamás? ¿Hay forma de calcularlo? ¡Hay formas de, por lo menos, no ignorarlo!

 

Los movimientos no ocurren en vacíos. Son como caracoles que dejan un rastro de baba, que deja en evidencia el punto de partida, y que forma el lazo con un pasado oscuro y la esperanza de un futuro menos oscuro. La gran mayoría viene a recogerse las mangas, a bretear, por un futuro mejor, para sus hijos. Como lo haríamos todos y todas.

 

“Somos como elefantes”, dijo Rafaela. Su voz es la más triste y cruda de todas. Nos contó que cuando las mujeres nicaragüenses se enferman, “y sentimos que es, bueno, terminal, y cuando nos vamos a la clínica, no nos atienden…nosotras decidimos volver a nuestro país”.

 

"Sí, un elefante puede viajar y viajar y viajar, ¿verdad? Pero cuando siente que se va a morir, vuelve al lugar donde nació. Y ahí se muere." (Rafaela, comunicación personal, Sabanilla, 14 de noviembre, 2011).

*Koen Voorend hizo ocho grupos focales, compuestos por cuatro, cinco o seis personas, las cuales contabilizaron en total 41 personas migrantes nicaragüenses de distintas partes del país; y partes del texto se basan en información de la tesis doctoral de Caitlin Fouratt, quien hizo más de 100 entrevistas semiestructuradas, realizadas entre el 2009 y 2012, tanto en Costa Rica como en Nicaragua. 

Entre elefantes y parásitos

Créditos

Fotografías - Pablo Franceschi & Leo Jiménez

Texto - Koen Voorend (con insumos de Caitlin Fouratt)

Edición - Wimblu

Lugar - Nicaragua

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Según las creencias Bribri, en el cuerpo habitan dos almas: la del ojo derecho y la del izquierdo. Al morir, Wikol, el alma del ojo derecho, viaja hasta el inframundo. Wimblu, el alma del ojo izquierdo, permanece entre los huesos rondando el mundo de los vivos.  

 

According to Bribri beliefs, two souls inhabit the body: the right eye soul and the left eye soul. At death, Wikol, the right eye soul, travels to the underworld. Wimblu, the soul of the left eye, remains among the bones prowling the world of the living.