Empezar de cero. Empezar de nuevo.

Imagino a mi madre recortando fotos. En el basurero, mitades y pedacitos de imágenes de un hombre llamado Miguel, su cara. En el álbum, mi madre acomoda bajo el plástico transparente una imagen de su hijo Daniel cargado en brazos de Miguel, ahora sin rostro. Coloca otra fotografía por la parte de arriba de manera que el corte no sea evidente. A su lado, un estuche pequeño, un neceser. De este, saca fotografías.

Las mira, las selecciona, las corta y las acomoda en las hojas en blanco del álbum hasta llenarlo. Ese álbum que mi madre creó hace muchos años, ahora lo tengo enfrente. Es el único, de los muchos álbumes de familia, en el que la principal protagonista es ella. En su contraportada hay un post-it ya desteñido que dice: “Fotos mías más viejas y Daniel pequeño”. El álbum tiene fotos de ella entre los 2 años hasta los 22, cuando tuvo a su primer hijo: Daniel (1981) y otras de los primeros años de la vida de mi hermano, y de ella como madre.

Sentada a la par mía está ella. Me señala una foto y me dice que la persona sin rostro que carga en sus brazos a Daniel, es Miguel. Él es el padre biológico de Daniel, supimos hace ya varios años. Los hermanos menores nunca sospechamos que Daniel pudiera tener otro padre. Por supuesto que esto no cambió las cosas. El siguió siendo tan hermano como lo había sido siempre. Lo que sí cambió fue la historia familiar, la manera en que nos la habían contado, omitiendo este detalle. Conocimos que mi madre se había casado, por primera vez, con un hombre que no era mi padre en 1980, y que al año nacería Daniel. El matrimonio había durado muy poco; mi madre se separaría de aquel hombre en medio de su embarazo, después de una relación de 6 años como novios.

Años después, mientras mi madre y yo vemos el álbum, puedo ver de forma muy clara que mi mamá escogió las fotografías de manera reflejara una historia en la que se asumiera que mi papá era el padre biológico de Daniel. La manera en la que hizo esto fue omitiendo una parte de su vida: sus fotos de noviazgo, de su primera boda y de su vida con su primer esposo. El álbum que había hecho tenía que ser coherente con la historia familiar que en ese tiempo nos contaban. Sin embargo, ahora mi madre me señala algunas cosas pequeñas del álbum que yo nunca había notado y que contradicen esa primera historia familiar. Me enseña una fotografía en la que se ve una casa donde había vivido con sus papás en Desamparados. Fuera de la casa hay un carro; es el carro de Miguel. Le pregunto si había sacado muchas de las fotos de él, y me contesta que había cortado varias, pero que había otras en algún otro lado. Después, me enseña una en que sale ella y detrás, casi escondido, Miguel.

Mientras conversamos le pregunto si cree que en algún punto muchas de las fotografías que tenía se le habían perdido en el paso de una casa a otra, o por otra razón. Me dice que no y sigue con el álbum. En este punto ya hemos llegado a las fotos del nacimiento de Daniel, y me parece muy evidente que un evento muy importante hace falta en esta historia: su primera boda. Le pregunto por las fotos de su boda. Me responde que casi no tiene, pero después se queda pensando un momento, y me dice que tiene algunas guardadas; que espere un momento porque va a buscarlas.

Vuelve con una maleta pequeña que yo nunca había visto; “un neceser”, me dice. Está lleno de fotografías, pero también de otras cosas: recuerdos, adornos y cartas. Aquí están todas las fotos de su primera boda que están ausentes en el otro álbum. Con estas nuevas imágenes surge otra historia. Ahora me cuenta más de Miguel. Me muestra muchas fotos donde él sale recortado. Sin embargo, se detiene en una donde salen los dos abrazados en una playa. Solo esa estaba entera; dijo que salían bien, con cierta nostalgia. También menciona que le parece increíble que hubieran sido novios por 6 años y que casados solo duraran un año. A los tres meses después del matrimonio había quedado embarazada aunque en principio no quería, porque los dos se encontraban estudiando. Las pastillas le habían caído mal y la doctora le había aconsejado seguir el método del ritmo, pero sin explicarle qué era.

 

Me habla también de la serenata que le habían hecho antes de la boda y de cómo una sobrina era para Miguel y ella como una hija, con la que irónicamente pasaron más tiempo que con su hijo. Otras fotos son de las cosas que habían ido juntando para cuando se fueran a vivir juntos. Me enseña las fotos de la boda; su vestido y velo hecho por su mamá; unas fotos en las que salen los papás de Miguel posando junto a mis abuelos; y leemos la invitación que se hizo de la boda, que al final dice: “después de la ceremonia religiosa ofreceremos un brindis en el ateneo Domus dei por su eterna felicidad”, a lo que mi mamá responde: “sobre todo” y nos reímos.

También hay unas fotografías del apartamento donde mi madre vivió después de casada, y en el que no siempre vivió Miguel porque pronto se separaron. Las fotografías son de diciembre de 1980 y la boda había sido en febrero. Ya para ese entonces mi mamá estaba embarazada de Daniel, y separada de su esposo. Me dice que esas fotografías del apartamento seguro las tomó cuando ya se iba del mismo, para ir a vivir con su madre, ya que su papá había muerto unos meses atrás. Son fotografías del espacio del apartamento, de los muebles que tenía, de su cocina, de su sala, de ese espacio que había sido su hogar por casi un año; lugar que habitó durante su embarazo, la separación de su esposo y la muerte de su padre.

Con un poco más de felicidad me habla de Álvaro, un novio que había tenido después de la separación de Miguel y el nacimiento de Daniel. Las fotos son de un viaje a la playa; los dos tenían hijos, de una edad muy parecida. Mi madre me dice que cuando ella muera yo voy a poder decir que había visto el neceser y lo que tenía dentro, lo cual me hace pensar que difícilmente se las hubiera enseñado a alguien más en el pasado. Es su historia. Su historia más íntima, más allá de nosotros, de su familia; su espacio personal. Un espacio que a pesar de ser una afirmación de autonomía, también pudo ser pesado de cargar sola.

Las fotos del neceser hablan de esa necesidad de mi madre por generar un lugar para esas memorias; un lugar para conservarlas, cuidarlas y no dejarlas morir, a pesar de la presión producto de la estigmatización del embarazo no deseado, el divorcio y la creación de una nueva familia. El silencio de mi madre permitió que Daniel empezara de cero; que empezara de nuevo. En un lugar donde podía ser señalado, Daniel podía comenzar con la misma ventaja que otros niños. Un silencio producto de presiones, sí, pero también, producto del amor y del cuido.

Silencios que cuidan: las otras fotografías de mi madre

Créditos

Fotografías y Texto - Adrián Cárdenas

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Según las creencias Bribri, en el cuerpo habitan dos almas: la del ojo derecho y la del izquierdo. Al morir, Wikol, el alma del ojo derecho, viaja hasta el inframundo. Wimblu, el alma del ojo izquierdo, permanece entre los huesos rondando el mundo de los vivos.  

 

According to Bribri beliefs, two souls inhabit the body: the right eye soul and the left eye soul. At death, Wikol, the right eye soul, travels to the underworld. Wimblu, the soul of the left eye, remains among the bones prowling the world of the living.